Resumen de lo que establece el CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA sobre la Confesión

Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los pecadores, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal.

A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho.

Ahora el sacramento se realiza de una manera secreta («privada») entre el penitente y el sacerdote. Esta práctica prevé la posibilidad de la reiteración del sacramento y abre así el camino a una recepción regular del mismo. Permite integrar en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados graves y de los pecados veniales.

 

La estructura fundamental de la Confesión comprende dos elementos igualmente esenciales: por una parte, los actos del hombre que se convierte, a saber,

  • la contrición,
  • la confesión de los pecados
  • y la satisfacción;

y por otra parte, la acción de Dios por ministerio de la Iglesia.

Por medio del obispo y de sus presbíteros, la Iglesia en nombre de Jesucristo concede el perdón de los pecados, determina

  • la satisfacción,
  • ora también por el pecador
  • y hace penitencia con él.

Así el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial.

La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón.

Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

 

Los actos del penitente

La penitencia mueve al pecador a sufrir todo voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra toda humildad y fructífera satisfacción.

  • La contrición

Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama «contrición perfecta». Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto como sea posible a la confesión sacramental.

La contrición llamada «imperfecta» (o «atrición») es también un don de Dios. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia.

Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la catequesis moral de los evangelios y de las cartas de los apóstoles: Sermón de la montaña y enseñanzas apostólicas. Varios exámenes aquí

 

  • La confesión de los pecados

La confesión de los pecados nos facilita nuestra reconciliación con Dios y con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable; asume su responsabilidad y, por ello, se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia.

La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia.

En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo, pues, a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos.

Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote.

Según un mandamiento de la Iglesia todo fiel, llegado a la edad del uso de razón, debe confesar al menos una vez la año los pecados graves de que tiene conciencia. Y quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave no puede comulgar el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental.

A no ser que concurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.

Y también los niños deben acceder al sacramento de la penitencia antes de recibir por primera vez la sagrada comunión.

  

  • La satisfacción

Como muchos pecados causan daño al prójimo, es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, etc.), pues la justicia lo exige.

Aunque la absolución quita el pecado, no remedia todos los desórdenes que el pecado causó. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia».

La penitencia que el confesor impone puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo y nos permiten llegar a ser coherederos de Cristo resucitado, ya que sufrimos con él.