Del grupo de jóvenes de la Parroquia
¿Cómo era tu vida antes de encontrarte con Dios?
Crecí en una familia católica practicante, pero durante la adolescencia me alejé de la fe. Odiaba la Iglesia y blasfemaba continuamente. Tenía muerto el corazón y la falta de sentido me ahogaba, pero intentaba ignorarlo saliendo con amigos, bebiendo alcohol los fines de semana, y haciendo todo eso que se considera “diversión”. Sin embargo, en mi interior sentía que no estaba en paz con mi conciencia. Además, me faltaba una figura masculina de referencia, lo que me llevó a buscar modelos de éxito y masculinidad en ambientes enfermos, llenos de violencia, drogas y cosificación de la mujer.
¿Qué marcó el inicio de tu transformación espiritual?
He tenido varios momentos de alejamiento y acercamiento a la fe, pero el momento clave fue cuando era un ateo convencido y me convertí. Sucedió durante un período muy difícil de mi vida; había pasado toda mi adolescencia negando a Dios y pensando que la religión era cosa de débiles, cuando una noche me dirigí a Dios entre lágrimas, pidiéndole que si existía, me ayudara y se hiciera presente. Poco después conocí a un fraile dominico que me hizo descubrir la lógica de la fe, pero sobre todo la alegría de ser cristiano y de la Buena Noticia, que no es una ficción, sino que —como repite muchas veces el padre Juan Antonio— ¡son hechos!, ¡Cristo ha resucitado de verdad!
¿Tuviste dificultades al empezar a vivir según tu fe?
Sí. Al principio algunos no entendían por qué cambiaba ciertas actitudes o por qué empezaba a hablar de Dios con más convicción. No hubo un rechazo directo, pero sí una especie de distancia o incomodidad. Tuve miedo de no ser aceptado, pero con el tiempo entendí que lo importante era ser fiel a lo que el Señor estaba haciendo en mí.
¿Cómo ha cambiado tu forma de ver a los demás y al mundo?
Mi mirada ha cambiado profundamente. Antes me fijaba mucho en lo externo, juzgaba rápido, incluso a mí mismo.
Ahora intento ver a los demás como Dios los ve: con ternura, con historia, con heridas. Dios no es un accesorio en mi día a día; es el centro. Consulto mis decisiones con Él, desde las pequeñas hasta las grandes, y cuando no lo hago, lo noto. Vivo más desde la confianza y menos desde el miedo.
¿Cómo manejas los momentos de duda o dificultad en tu camino espiritual?
Los momentos de duda vienen cuando me siento débil o no veo frutos. Pero he aprendido a no huir de ellos. Me apoyo mucho en la oración diaria, en los sacramentos y en personas que me acompañan espiritualmente, como mis amigos de la parroquia y el padre Juan Antonio. También escribo lo que siento, lo que me ayuda recordar lo que Dios ya ha hecho por mí.
¿Hay alguna enseñanza evangélica que te haya marcado especialmente?
“Mi gracia te basta, porque mi poder se manifiesta en la debilidad” (2 Corintios 12,9). Me recuerda que no tengo que ser fuerte para que Dios me ame. En mi debilidad Él se manifiesta más, y esto me libera del perfeccionismo, de querer controlarlo todo. Me enseña a confiar.
¿Qué le dirías a un joven que hoy se siente perdido o vacío, como tú te sentiste alguna vez?
Le diría que no está solo, que el vacío que siente no es un error, sino una señal de que su corazón está hecho para algo más grande. Dios no es una idea lejana, sino alguien real que lo ama ahora, tal y como está. Y que vale la pena abrirle un espacio, aunque sea pequeño. Yo lo hice, y mi vida cambió.
¿Cómo sueñas tu futuro ahora, desde tu perspectiva de fe?
Sueño con un futuro lleno de sentido, donde no camino solo, sino con Dios. Me imagino construyendo una familia sobre esta roca, sirviendo en comunidad, siendo instrumento de esperanza para otros. Ya no sueño solo con logros, sino con amar más y mejor.






