Formación de adultos
Miguel, ¿qué nos puedes contar sobre ti y tu experiencia en la vida de fe y el servicio pastoral?
Nací en una familia creyente, aunque no muy practicante. Sin embargo, allí recibí la semilla de la fe: el ejemplo de amor, respeto y comportamiento que mis padres me transmitieron. Ya de joven, tuve la gracia de encontrar personas muy ejemplares, comenzando por la que entonces era mi novia y hoy, después de 31 años, mi esposa. Gracias a ellos empecé a reflexionar y a comprender que debía adecuar mi vida a la fe, y no al revés. Ese camino de conversión y de compromiso es el que me ha traído hasta aquí, tratando de poner mi grano de arena en mi parroquia y colaborando con nuestro querido Mn. Juan Antonio.
Durante este curso escolar te encargarás de nuevo de la formación de adultos, ¿qué importancia crees que tiene esta catequesis dentro de la vida de la comunidad parroquial?
Vivimos tiempos en los que ya no basta con “creer sin más”. Hoy necesitamos una fe hecha vida, pero también una formación sólida que nos ayude a responder a los desafíos culturales y sociales. Hace unas generaciones no era necesario argumentar ni defender nuestra fe en la vida cotidiana; ahora sí. Por eso considero fundamental que los adultos de la parroquia tengamos un espacio para crecer en conocimiento, profundizar en nuestra fe y aprender a dar razón de ella con claridad y con amor.
¿Cómo se organizarán las sesiones?
El curso pasado trabajamos con el método de Voces Católicas, que nos ayudó mucho a aprender a escuchar posturas contrarias, entenderlas y responder con respeto y amabilidad. Este año volveremos a un esquema más tradicional, con una formación más profunda en los temas centrales de nuestra fe, pero sin perder de vista la importancia de la escucha y la participación. La idea es que cada sesión sea viva, cercana y motivadora para todos, respetando el punto en el que cada uno se encuentra en su camino.
¿Cómo te has preparado para esta misión?
Mi formación se apoya en el estudio personal de buenos libros de teología y doctrina, en el Catecismo y en la reflexión constante sobre la fe. Siempre he sentido la inquietud de formar a otros, y para ello uno debe formarse bien. Pero lo esencial lo encuentro en la oración: solo desde ella se comprenden las verdades más profundas, y solo con la gracia de Dios se avanza en este camino.
¿Qué expectativas tienes respecto a los adultos que participarán en las catequesis?
Mis expectativas son altas, siempre. Cuando preparo una sesión rezo al Señor para que me dé buenas explicaderas y a los demás buenas entendederas. Mi deseo es que cada encuentro sea una ocasión para acercarse un poco más al Señor. Y estoy convencido de que quien viene con humildad y apertura al Espíritu Santo, siempre se lleva un tesoro del mismo Señor a través de las distintas iniciativas organizadas por la Parroquia.
¿Qué desafíos o dificultades prevés?
Uno de los mayores desafíos es la falta de unidad dentro de la misma Iglesia. A veces nos dejamos atrapar por etiquetas como “progresistas” o “conservadores”, olvidando que lo esencial es que somos una sola Iglesia de Cristo. Sin conversión personal y sin verdadera comunión, nuestra evangelización se debilita. Por eso, además de la formación, necesitamos pedir al Señor un corazón sencillo que busque siempre la unidad y la verdad. Da mucha pena comprobar como algunos asistentes a la formación al escuchar la doctrina de siempre, las verdades de siempre, se contrarían y algunos no vuelven. Pero también es muy reconfortante comprobar, sobre todo en los más jóvenes, las ganas de saber, de entender, de mejorar, de acercarse al Señor dando todo, comenzando por los propios prejuicios.
¿Cómo integras tu vida familiar, laboral y personal con esta tarea?
Creo que el amor debe tener un orden. No sirve entregarse a grandes causas si descuidamos lo más cercano: la familia, los vecinos, la misma comunidad parroquial. En mi vida intento mantener ese orden y jerarquía: Dios primero, luego la familia, los demás. Cuando se vive con esa claridad, uno puede llegar mucho más lejos sin descuidar los deberes esenciales de cada estado de vida. Además, el Señor, como en el milagro de los panes y los peces, solo nos pide lo que tengamos en nuestras manos, El hace el resto.
¿Qué frutos deseas que el Señor regale a la parroquia a través de estas catequesis?
Sueño con una parroquia más santa, más alegre, más valiente a la hora de anunciar la fe. Deseo que crezca la unidad, que florezcan muchas vocaciones de santidad, y que los jóvenes —que gracias a Dios llenan nuestras misas— encuentren en la comunidad un espacio donde descubrir la belleza de seguir al Señor. En definitiva, que cada paso que demos nos acerque más a Cristo.






