Juan Eusebio, ¿Qué te inspiró a seguir el camino del seminario y cómo viviste tu discernimiento vocacional? Desde niño me encantaba ser monaguillo y leer, especialmente la Biblia, filosofía e historia. Siempre he buscado el porqué de las cosas. En mi juventud, consideré la posibilidad de entrar al seminario en Venezuela, pero mi padre no lo veía con buenos ojos. Ya siendo adulto, un párroco al que quiero mucho me planteó la posibilidad de entrar al seminario. A los 41 años, siguiendo su consejo, comencé a estudiar teología y a conocer la vida del seminario. En 2016, ya en Castelldefels, y de la mano de Mn. Xavier Sobrevía, entré en el seminario.
¿Cómo ha sido tu experiencia espiritual en el seminario y cuáles han sido los momentos más significativos?
Mi experiencia ha sido muy buena. Destaco la cercanía y el apoyo de la feligresía, así como la convivencia comunitaria en la parroquia con nuestros sacerdotes, Juan Antonio y Jordi. Además, valoro el consejo y apoyo de mi formador, Mn. Joan Pere Pulido, quien siempre ha sabido acompañarme en mi camino vocacional. En otro ámbito, más relacionado con la vida práctica, creo que es bueno explicar que el seminario tiene varias etapas que pueden adaptarse a la vocación de cada seminarista. Mi camino ha sido particular en este sentido: estudié teología antes de entrar al seminario, hice un año de preseminario en tiempos de COVID, luego vino la etapa introductoria y discipular, que viví preferentemente en el seminario, para finalmente vivir las etapas pastoral configurativa y pastoral en nuestra Parroquia, mientras curso la licencia en Derecho Canónico en Valencia, donde resido desde el domingo por la tarde al miércoles por la mañana. Ha sido un camino vertiginoso, ciertamente una aventura, para nada aburrido, de viajes constantes y nuevas experiencias.
¿Qué significa ser un ministro ordenado dentro de la Iglesia y cómo te preparas para este compromiso?
Significa la búsqueda de vivir el amor desde su verdadera realidad evangélica, como una entrega total de todo mi ser en mi vocación al servicio del pueblo de Dios a través de la Iglesia, de la oración y una vida sacramental intensa. Estoy viviendo estas últimas etapas de mi formación vocacional con mucho ánimo, apoyándome en mi formador, mi director espiritual, mi párroco y vicarios, además del rector del convictorio donde vivo en Valencia. También cuento con el cariño de nuestra feligresía de Castelldefels, especialmente de los niños de la catequesis, las catequistas y mi grupo de evangelio de los sábados.
¿Cómo vives la institución de los ministerios de lector y acólito?
De facto, ya ejerzo estas funciones, pero la institución de estos ministerios marca un momento especial en mi camino vocacional. Lo vivo como un testimonio público de mi compromiso con la Palabra y la Eucaristía, que son el corazón de la fe cristiana.
¿Qué consejo darías a quienes sienten una vocación religiosa?
A los jóvenes, en particular, les diría que no repriman la posibilidad de responder a la llamada. Un padre me dijo que entendía que la vocación religiosa no era el camino adecuado para su hijo y que podía ser una pérdida de tiempo. Creo que si el mismo joven intentara responder a otra tipo de llamada vocacional y se equivocara, tendría el derecho a reconducir su vida. Por tanto, es injusto o mezquino pensar que no se puede hacer lo mismo con la llamada al sacerdocio o la vida consagrada. Además, estoy seguro que será una experiencia enriquecedora para cualquier persona. Pero la vocación no tiene edad; no solo los jóvenes, sino también los adultos pueden sentir la llamada. También animo a las mujeres a considerar la vida consagrada, pues su papel es fundamental en la Iglesia. Dios llama en distintos momentos de la vida, y solo hace falta escuchar su voz y responder con generosidad.






